Medicina Hebrea y Cristiana
La información que se posee sobre la antigua medicina hebrea procede principalmente del Levítico, el tercer libro del Pentateuco. Tradicionalmente atribuido a Moisés el Pentateuco es el conjunto de los primeros cinco libros del Antiguo Testamento.
En el Levítico, igual que en el Talmud, principalmente en el Talmud babilónico, se encuentran los preceptos fundamentales que deben seguirse para cuidar la salud. Considerados desde la perspectiva judeocristiana pueden considerase ambos como la fuentes primarias de su futura medicina.
Recordando la remota medicina mesopotámica y los Papiros Médicos egipcios es comprensible deducir su influencia en las culturas contemporáneas ajenas a ellas, más aun recordando el cautiverio del pueblo judío en Egipto.
Existen dudas de que las regulaciones establecidas en el Pentateuco se remonten realmente a los días de Moisés, pero ninguna sobre que algún conocedor de la sabiduría médica de los egipcios haya intervenido en la redacción de los mandamientos relacionados con la prevención de enfermedades y mantenimiento de la salud de los hebreos, incluso en la biblia cristiana.
En el Talmud se encuentran referencias a los cuidados de la salud, a las regulaciones que la rigen y que permiten concebir el inicio de una incipiente medicina, comprensiblemente poco sistemática, pero sorprendente en algunas áreas que muestran notables conocimientos, aunque en otras muy poco desarrollo. Las regulaciones alimenticias de higiene y profilaxis constituyen un deber personal y social para la cultura judeocristiana, teniendo siempre presente que cuidar la salud del cuerpo es un deber religioso.
Son muchas las regulaciones que se encuentran sobre las formas de combatir las epidemias; sobre enfermedades como la lepra y el aislamiento obligatorio de los leprosos; sobre la vida sexual y los medios para enfrentar las enfermedades venéreas derivadas de la prostitución; sobre las medidas relativas a la circuncisión, a la menstruación y a las mujeres recién paridas; sobre el cuidado de la piel, la higiene personal, del hogar y de la sociedad; sobre los preceptos que rigen la alimentación, que prohíben ingerir sangre o derivados de ella, carne de cerdo y de otros animales inmundos; sobre vivienda y vestimenta; sobre la regulación del trabajo y el descanso sabático.
Si las prevenciones concebidas contra las enfermedades podían proteger, la cura de éstas solo dependía de la voluntad de Yahvé. Siendo así, sin importar el punto de vista adoptado por los conocimientos actuales sobre la medicina en el Antiguo y Nuevo Testamento es deber reconocer que, en el último proliferan los relatos de milagros curativos. No obstante, no impiden éstos reconocer el bien que hiciera aquel medico de cuerpo y almas llamado «el médico amado«, Lucas, el evangelista; a pesar de que es necesario reconocer también que su actitud mental hacia la enfermedad no era ciertamente la de un seguidor de Hipócrates.
Con el transcurrir de los años el cuestionamiento que pudiera hacerse sobre la posible relación entre la medicina del Talmud y la medicina europea medieval pudiera tener una respuesta, más o menos aceptable, si se considerara la importancia de los médicos judíos en el califato de Córdoba, y las traducciones realizadas por algunos de ellos de los textos médicos grecolatinos y árabes, muchos preservados después en los monasterios medievales.
Lamentablemente, la Fe cristiana sería lastimada por la oscuridad fanática que obstaculizó el progreso de las ciencias en la Europa medieval, si el desarrollo de éstas no coincidía con los textos sagrados. Uno de los ejemplos más sórdidos que recoge la historia, motivados por la ignorancia, lo constituye las fuertes disposiciones contra las brujas en el Antiguo Testamento. Creer en su existencia era aceptada y como consecuencia, cientos, sino miles, de mujeres fueron ejecutadas en la hoguera o en la horca acusadas de brujería después de haber sido sometidas a terribles torturas. La barbarie y el fanatismo religioso de esas oscuras épocas europeas son conocidas, pero se debe recordar también que, cruzando el Atlántico, de igual forma la ignorancia y el fanatismo se manifestaron en Estados Unidos. En enero de 1662 se inició en Massachusetts el conocido juicio de las «Brujas de Salem» [1] , y la posterior persecución de cualquier persona sospechosa de incurrir en delitos contra la Fe cristiana, que muchas veces eran acusadas por la envidia de unos, los deseos de venganza de otros, y la perversidad de todos. A consecuencia de esta cacería fueron ahorcadas 20 «brujas» [2], y muchas otras enviadas a prisión.